Confieso que hace unos días volví a leer el artículo que escribí en plena pandemia. Aquel en el que hablaba de recuperar la libertad completa, de prepararnos mejor para las crisis y de no olvidar nunca lo frágiles que somos.

Y me llamó la atención una cosa: qué rápido se nos olvida.

Porque lo cierto es que no salimos de aquella crisis. Entramos en otra. Y luego en otra. Y ahora vivimos en una especie de tiempo nuevo, donde las certezas duran menos y la incertidumbre ha venido para quedarse.

La pandemia del COVID-19 nos enseñó que ningún riesgo está lejos, que todo puede cambiar en cuestión de días y que la cooperación internacional no es una opción, sino una necesidad. Apenas empezábamos a recuperar el pulso cuando la invasión rusa de Ucrania volvió a sacudir los cimientos de Europa y del mundo.

Y con ella llegó otra lección: la energía también es poder. Y dependencia.

Si durante el COVID hablamos de soberanía sanitaria, hoy hablamos —y con razón— de soberanía energética. Porque hemos descubierto, quizá demasiado tarde, que depender en exceso de otros para algo tan básico como la energía nos hace vulnerables. Muy vulnerables.

Europa, la Unión Europea que tantas veces criticamos —y con razón—, ha vuelto a demostrar que es tan imperfecta como imprescindible. Ha reaccionado, ha buscado soluciones conjuntas, ha entendido que la autonomía estratégica no es un concepto teórico, sino una prioridad política real. Pero también ha dejado claro que queda mucho camino por recorrer.

Y mientras tanto, aquí, en Canarias, esa vulnerabilidad se siente aún más.

Porque si algo caracteriza a nuestro archipiélago es precisamente eso: la doble dependencia. Dependemos del exterior para la conectividad, para el turismo… y también para la energía. Y cuando el mundo se tambalea, nosotros lo sentimos con más intensidad.

La crisis energética ha puesto sobre la mesa algo que ya sabíamos, pero que no siempre quisimos ver: que nuestros costes estructurales son más altos, que nuestra lejanía pesa y que cualquier tensión global nos afecta directamente.

Pero también, y esto es importante decirlo, ha abierto una ventana de oportunidad.

Canarias puede y debe ser un referente en transición energética. Tenemos condiciones únicas para avanzar en energías renovables, para repensar nuestro modelo y para ganar autonomía. No será fácil, pero es necesario.

En lo económico, la reflexión sigue siendo la misma que ya hacía entonces, pero hoy es aún más evidente.

El turismo ha sido —y seguirá siendo— un pilar fundamental de nuestra economía. Nos ha dado bienestar, oportunidades y estabilidad durante décadas. Pero también nos ha hecho dependientes. Y eso, en un mundo como el actual, es un riesgo que no podemos ignorar.

No se trata de renunciar a lo que somos, sino de complementarlo. De diversificar, de innovar, de construir una economía más resiliente.

Porque si algo estamos aprendiendo, una y otra vez, es que la clave no está solo en resistir las crisis, sino en anticiparlas.

Y aquí vuelvo a la idea que me acompañó durante el confinamiento: la libertad.

Entonces hablábamos de libertad para salir, para abrazar, para movernos. Hoy seguimos valorando todo eso, pero sabemos que hay otras formas de libertad igual de importantes.

La libertad de no depender en exceso.
La libertad de tener sistemas fuertes.
La libertad de poder responder con solvencia cuando llegan los momentos difíciles.

Porque al final, la verdadera libertad no es solo hacer lo que queremos, sino poder hacerlo con seguridad, con estabilidad y con futuro.

Y aquí es donde ya no caben excusas.

No podemos seguir confiando en que todo volverá a ser como antes.
No podemos permitirnos reaccionar siempre tarde.
Y no podemos seguir aplazando decisiones que sabemos que son necesarias.

Canarias no puede limitarse a resistir cada crisis que venga de fuera.
Tiene que anticiparse.
Tiene que decidir.
Tiene que prepararse.

Porque en un mundo inestable, la vulnerabilidad no es inevitable.
Es el resultado de lo que no se hace a tiempo.

Y esta vez lo sabemos.